jueves, 9 de enero de 2014

Mon amour D'épines



Había una vez un lejano reino gobernado por un joven príncipe de nombre Sebastian, quien era conocido por su gran atractivo pero sobre todo por su gran inteligencia, su responsabilidad ante el reino, y el gran poder del que disponía, pero de repugnante y negro corazón, falto de calidez y toda bondad.



          Transcurrían los años y el joven príncipe se volvía cada vez mejor en su trabajo, se dedicaba a llevar las cuentas de lo que ganaban en sus batallas y negocios, las matemáticas era uno de sus campos de fuerza.



          Cuando el príncipe estaba llegando a su mayoría de edad se encontraba más solo que nunca, no tenía familia, solo él y quien debía servirle, aunque le temían enormemente. Tal vez por esa razón, cuando sus sirvientes le pedían dejarlos volver con sus familias para pasar un momento, el se los negaba tan rotundamente.



          En la noche de navidad se presentó un extraño ciervo blanco en la puerta de la mansión, él príncipe, sin dudarlo ni un segundo, lo mató, pensando que sería un gran trofeo de exhibición, mas con esta acción se desató una maldición. El ciervo se desvaneció tras una brillante luz, y una potente voz se hizo presente, resonando en todas partes.



– Eres poderoso, inteligente y muy rico, pero por tu falta de bondad serás maldecido. Con tu inteligencia y habilidad para las matemáticas deberás encontrar la fórmula de la felicidad, pero no puedes hacerlo solo, deberás volverte bondadoso con los demás y dejar tu orgullo y malicia atrás, solo así podrás terminar con esto. Tan solo de dos años es el plazo que tienes, la maldición te irá consumiendo lentamente, y al término de esta, el fatal destino encontrarás – dicho esto, todo el reino se sumió en las penumbras, mientras el joven príncipe sentía como un agudo dolor le crecía en el pecho.



          Tuvo una visión, en ella aparecía una musa de cabellos plateados: era la princesa Luna del reino vecino. La veía a su lado, supo de inmediato que si quería salvarse de aquello tenía que acudir a ella, pero su orgullo lo impedía, por lo que decidió aventurarse solo en la búsqueda de su objetivo, no obstante, en el mismo momento en que dio un paso fuera de la mansión sintió una punzada de dolor en el pecho, al momento en que se miró, noto una especie de línea que se enroscaba justo sobre su corazón. Se dio cuenta en ese momento que debía dejar de lado su orgullo y solicitar su ayuda.



          La joven doncella de bondadoso corazón, al escuchar el relato, decidió acompañarle en aquel viaje, sugiriendo visitar las alejadas tierras del sur, donde grandes sabios podrían ayudarle en su búsqueda.  Pasaban los meses y con ello el tatuaje crecía, poco a poco se formaba una extraña figura, como si fuesen espinas clavadas en su piel, se sentía extraño, ante sus ojos todo iba mal, pero no podía evitar sentirse  feliz de tener a la bella princesa ayudándole.



          Cuando el plazo estaba por cumplirse, se dio cuenta de que la princesa era ahora la dueña de su amor, pero para su desgracia aquellas intrincadas líneas de espinas estaban creciendo aun más rápido, le causaba un enorme dolor y angustia pues aun no encontraban la formula.



Llegaban al ultimo de los reinos, el más lejano de todos, habían encontrado pequeñas piezas de la fórmula, todas estaban anotadas en pergaminos, los guardaba en ese morral que había pertenecido a su padre y que hasta ahora con el paso tiempo valoraba y cuidaba como un tesoro, el único que para él era aún más valioso que toda la riqueza de su reino.



De inmediato se adentraron al profundo y oscuro bosque en el que habitaba el ser más sabio de todos: Abbadon.

– Ustedes buscan algo que no se debe buscar, por más indicios que encuentren no lo podrán resolver, aquello se crea solo deseándolo de verdad – se escuchó el murmullo del joven sabio antes de que se retirara entre la oscuridad. Solo la princesa lo comprendía pero el duro corazón de Sebastian estaba furioso, pues el tiempo se acababa y no lograba resolver aquello.

          De lo que no se habían percatado era que alguien los había estado siguiendo muy de cerca, vigilando, y en ocasiones asegurándose de que no pudieran llegar a tiempo a sus destinos, creando así un profundo dolor en el príncipe, pues aquel atraso en el viaje creaba una marca más en su pecho.

Esa persona era nada menos que el príncipe Xander, pretendiente de la princesa Luna, quien había estado rechazándolo por un largo tiempo. Él sabía que si por alguna razón Sebastian muriera, la joven entraría en un estado de aflicción que él podría aprovechar para presentarse como un hombre comprensivo y cariñoso, y así convencerla de convertirse en su esposa. 

Xander se había apoderado de los pergaminos y entre risas malvadas y crueles los incinero, dejando solo aquel morral con una advertencia “Tu tiempo se acaba mejor ríndete ya y deja a la princesa en paz”.

          Enfadado el príncipe se fue a su mansión completamente derrotado, sabiendo que moriría. Por otro lado, la joven doncella, habiendo resuelto el enigma, decidió que debía decírselo Sebastian, y emprendió el camino hacia el reino del príncipe. Al entrar a su mansión, lo encontró tendido en el suelo, aferrándose fuertemente a su herida en el pecho, la cicatriz estaba llegando a su forma final, un corazón de espinas perfectamente formado sobre la piel. Luna no pudo soportarlo, rompió frenéticamente en llanto, echándose sobre su amado. Mientras pensaba en la forma de salvarlo, Xander se acercaba con espada en mano, dispuesto a terminar la vida de Sebastian, alzó la espada, y decididamente apuntó hacia el corazón del príncipe, pero en ese justo momento Sebastian abrió los ojos, y pensando que el ataque iba en contra de la princesa, giró sus cuerpos, con la intención de recibir el ataque para salvar la vida de la joven.

– No encontré la formula de la felicidad, pero encontré mi felicidad en ti, pues lograste calentar mi frio corazón, al enamorarme – susurró, sintiendo el frio de la cuchilla.

          Aquellas palabras le liberaron de la maldición, era la respuesta que había estado buscando. La penumbra los envolvió, ese día terminaba el plazo, pero fue Xander quien, con su egoísmo, terminó ocupando su lugar, perdiendo la vida en ese instante. Sebastián se puso en pie con apenas una ligera herida y tomando en brazos a la princesa le sonrió completamente feliz.

          Desde entonces comenzaron tiempos felices, y con la unión de ambos reinos, surgió la prosperidad, ambos príncipes llevaban las matemáticas en todo lo necesario, batallas y ganancias, pero sobre todo en las sumas de dinero que eran donados en cada navidad, pues en aquella fecha el príncipe había descubierto que por sobre toda riqueza su felicidad era dada por la princesa y su dulce corazón tierno que le ayudaba a ser mejor.

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