Había una vez un lejano reino gobernado por un joven príncipe
de nombre Sebastian, quien era conocido por su gran atractivo pero sobre todo
por su gran inteligencia, su responsabilidad ante el reino, y el gran poder del
que disponía, pero de repugnante y negro corazón, falto de calidez y toda
bondad.
Transcurrían los años y el joven
príncipe se volvía cada vez mejor en su trabajo, se dedicaba a llevar las
cuentas de lo que ganaban en sus batallas y negocios, las matemáticas era uno de
sus campos de fuerza.
Cuando el príncipe estaba llegando a
su mayoría de edad se encontraba más solo que nunca, no tenía familia, solo él
y quien debía servirle, aunque le temían enormemente. Tal vez por esa razón,
cuando sus sirvientes le pedían dejarlos volver con sus familias para pasar un
momento, el se los negaba tan rotundamente.
En la noche de navidad se presentó un
extraño ciervo blanco en la puerta de la mansión, él príncipe, sin dudarlo ni
un segundo, lo mató, pensando que sería un gran trofeo de exhibición, mas con
esta acción se desató una maldición. El ciervo se desvaneció tras una brillante
luz, y una potente voz se hizo presente, resonando en todas partes.
–
Eres poderoso, inteligente y muy rico, pero por tu falta de bondad serás
maldecido. Con tu inteligencia y habilidad para las matemáticas deberás
encontrar la fórmula de la felicidad, pero no puedes hacerlo solo, deberás
volverte bondadoso con los demás y dejar tu orgullo y malicia atrás, solo así
podrás terminar con esto. Tan solo de dos años es el plazo que tienes, la
maldición te irá consumiendo lentamente, y al término de esta, el fatal destino
encontrarás – dicho esto, todo el reino se sumió en las penumbras, mientras el
joven príncipe sentía como un agudo dolor le crecía en el pecho.
Tuvo una visión, en ella aparecía una
musa de cabellos plateados: era la princesa Luna del reino vecino. La veía a su
lado, supo de inmediato que si quería salvarse de aquello tenía que acudir a
ella, pero su orgullo lo impedía, por lo que decidió aventurarse solo en la
búsqueda de su objetivo, no obstante, en el mismo momento en que dio un paso
fuera de la mansión sintió una punzada de dolor en el pecho, al momento en que
se miró, noto una especie de línea que se enroscaba justo sobre su corazón. Se
dio cuenta en ese momento que debía dejar de lado su orgullo y solicitar su
ayuda.
La joven doncella de bondadoso
corazón, al escuchar el relato, decidió acompañarle en aquel viaje, sugiriendo
visitar las alejadas tierras del sur, donde grandes sabios podrían ayudarle en
su búsqueda. Pasaban los meses y con
ello el tatuaje crecía, poco a poco se formaba una extraña figura, como si
fuesen espinas clavadas en su piel, se sentía extraño, ante sus ojos todo iba
mal, pero no podía evitar sentirse feliz
de tener a la bella princesa ayudándole.
Cuando el plazo estaba por cumplirse,
se dio cuenta de que la princesa era ahora la dueña de su amor, pero para su
desgracia aquellas intrincadas líneas de espinas estaban creciendo aun más
rápido, le causaba un enorme dolor y angustia pues aun no encontraban la
formula.
Llegaban al ultimo de los reinos, el más lejano de
todos, habían encontrado pequeñas piezas de la fórmula, todas estaban anotadas
en pergaminos, los guardaba en ese morral que había pertenecido a su padre y que hasta ahora con el paso tiempo valoraba y
cuidaba como un tesoro, el único que para él era aún más valioso que toda la
riqueza de su reino.
De inmediato se adentraron al profundo y oscuro bosque en el
que habitaba el ser más sabio de todos: Abbadon.
– Ustedes buscan algo que no se debe buscar, por más indicios
que encuentren no lo podrán resolver, aquello se crea solo deseándolo de verdad
– se escuchó el murmullo del joven sabio antes de que se retirara entre la
oscuridad. Solo la princesa lo comprendía pero el duro corazón de Sebastian
estaba furioso, pues el tiempo se acababa y no lograba resolver aquello.
De lo que no se habían percatado era
que alguien los había estado siguiendo muy de cerca, vigilando, y en ocasiones
asegurándose de que no pudieran llegar a tiempo a sus destinos, creando así un
profundo dolor en el príncipe, pues aquel atraso en el viaje creaba una marca
más en su pecho.
Esa
persona era nada menos que el príncipe Xander, pretendiente de la princesa
Luna, quien había estado rechazándolo por un largo tiempo. Él sabía que si por
alguna razón Sebastian muriera, la joven entraría en un estado de aflicción que
él podría aprovechar para presentarse como un hombre comprensivo y cariñoso, y
así convencerla de convertirse en su esposa.
Xander se había apoderado de los pergaminos y entre risas
malvadas y crueles los incinero, dejando solo aquel morral con una advertencia
“Tu tiempo se acaba mejor ríndete ya y deja a la princesa en paz”.
Enfadado el
príncipe se fue a su mansión completamente derrotado, sabiendo que moriría. Por
otro lado, la joven doncella, habiendo resuelto el enigma, decidió que debía
decírselo Sebastian, y emprendió el camino hacia el reino del príncipe. Al
entrar a su mansión, lo encontró tendido en el suelo, aferrándose fuertemente a
su herida en el pecho, la cicatriz estaba llegando a su forma final, un corazón
de espinas perfectamente formado sobre la piel. Luna no pudo soportarlo, rompió
frenéticamente en llanto, echándose sobre su amado. Mientras pensaba en la
forma de salvarlo, Xander se acercaba con espada en mano, dispuesto a terminar
la vida de Sebastian, alzó la espada, y decididamente apuntó hacia el corazón
del príncipe, pero en ese justo momento Sebastian abrió los ojos, y pensando
que el ataque iba en contra de la princesa, giró sus cuerpos, con la intención
de recibir el ataque para salvar la vida de la joven.
– No encontré la formula de la felicidad, pero encontré mi
felicidad en ti, pues lograste calentar mi frio corazón, al enamorarme –
susurró, sintiendo el frio de la cuchilla.
Aquellas
palabras le liberaron de la maldición, era la respuesta que había estado
buscando. La penumbra los envolvió, ese día terminaba el plazo, pero fue Xander
quien, con su egoísmo, terminó ocupando su lugar, perdiendo la vida en ese
instante. Sebastián se puso en pie con apenas una ligera herida y tomando en
brazos a la princesa le sonrió completamente feliz.
Desde
entonces comenzaron tiempos felices, y con la unión de ambos reinos, surgió la
prosperidad, ambos príncipes llevaban las matemáticas en todo lo necesario,
batallas y ganancias, pero sobre todo en las sumas de dinero que eran donados
en cada navidad, pues en aquella fecha el príncipe había descubierto que por
sobre toda riqueza su felicidad era dada por la princesa y su dulce corazón
tierno que le ayudaba a ser mejor.
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