miércoles, 22 de enero de 2014

Canción de la muerte




"CANCIÓN DE LA MUERTE"

Débil mortal no te asuste
mi oscuridad ni mi nombre;
en mi seno encuentra el hombre
un término a su pesar.
Yo, compasiva, te ofrezco
lejos del mundo un asilo,
donde a mi sombra tranquilo
para siempre duerma en paz.

Isla yo soy del reposo
en medio el mar de la vida,
y el marinero allí olvida
la tormenta que pasó;
allí convidan al sueño
aguas puras sin murmullo,
allí se duerme al arrullo
de una brisa sin rumor.

Soy melancólico sauce
que su ramaje doliente
inclina sobre la frente
que arrugara el padecer,
y aduerme al hombre, y sus sienes
con fresco jugo rocía
mientras el ala sombría
bate el olvido sobre él.

Soy la virgen misteriosa
de los últimos amores,
y ofrezco un lecho de flores,
sin espina ni dolor,
y amante doy mi cariño
sin vanidad ni falsía;
no doy placer ni alegría,
más es eterno mi amor.

En mi la ciencia enmudece,
en mi concluye la duda
y árida, clara, desnuda,
enseño yo la verdad;
y de la vida y la muerte
al sabio muestro el arcano
cuando al fin abre mi mano
la puerta a la eternidad.

Ven y tu ardiente cabeza
entre mis manos reposa;
tu sueño, madre amorosa;
eterno regalaré;
ven y yace para siempre
en blanca cama mullida,
donde el silencio convida
al reposo y al no ser.

Deja que inquieten al hombre
que loco al mundo se lanza;
mentiras de la esperanza,
recuerdos del bien que huyó;
mentiras son sus amores,
mentiras son sus victorias,
y son mentiras sus glorias,
y mentira su ilusión.

Cierre mi mano piadosa
tus ojos al blanco sueño,
y empape suave beleño
tus lágrimas de dolor.
Yo calmaré tu quebranto
y tus dolientes gemidos,
apagando los latidos
de tu herido corazón.

jueves, 9 de enero de 2014

Mon amour D'épines



Había una vez un lejano reino gobernado por un joven príncipe de nombre Sebastian, quien era conocido por su gran atractivo pero sobre todo por su gran inteligencia, su responsabilidad ante el reino, y el gran poder del que disponía, pero de repugnante y negro corazón, falto de calidez y toda bondad.



          Transcurrían los años y el joven príncipe se volvía cada vez mejor en su trabajo, se dedicaba a llevar las cuentas de lo que ganaban en sus batallas y negocios, las matemáticas era uno de sus campos de fuerza.



          Cuando el príncipe estaba llegando a su mayoría de edad se encontraba más solo que nunca, no tenía familia, solo él y quien debía servirle, aunque le temían enormemente. Tal vez por esa razón, cuando sus sirvientes le pedían dejarlos volver con sus familias para pasar un momento, el se los negaba tan rotundamente.



          En la noche de navidad se presentó un extraño ciervo blanco en la puerta de la mansión, él príncipe, sin dudarlo ni un segundo, lo mató, pensando que sería un gran trofeo de exhibición, mas con esta acción se desató una maldición. El ciervo se desvaneció tras una brillante luz, y una potente voz se hizo presente, resonando en todas partes.



– Eres poderoso, inteligente y muy rico, pero por tu falta de bondad serás maldecido. Con tu inteligencia y habilidad para las matemáticas deberás encontrar la fórmula de la felicidad, pero no puedes hacerlo solo, deberás volverte bondadoso con los demás y dejar tu orgullo y malicia atrás, solo así podrás terminar con esto. Tan solo de dos años es el plazo que tienes, la maldición te irá consumiendo lentamente, y al término de esta, el fatal destino encontrarás – dicho esto, todo el reino se sumió en las penumbras, mientras el joven príncipe sentía como un agudo dolor le crecía en el pecho.



          Tuvo una visión, en ella aparecía una musa de cabellos plateados: era la princesa Luna del reino vecino. La veía a su lado, supo de inmediato que si quería salvarse de aquello tenía que acudir a ella, pero su orgullo lo impedía, por lo que decidió aventurarse solo en la búsqueda de su objetivo, no obstante, en el mismo momento en que dio un paso fuera de la mansión sintió una punzada de dolor en el pecho, al momento en que se miró, noto una especie de línea que se enroscaba justo sobre su corazón. Se dio cuenta en ese momento que debía dejar de lado su orgullo y solicitar su ayuda.



          La joven doncella de bondadoso corazón, al escuchar el relato, decidió acompañarle en aquel viaje, sugiriendo visitar las alejadas tierras del sur, donde grandes sabios podrían ayudarle en su búsqueda.  Pasaban los meses y con ello el tatuaje crecía, poco a poco se formaba una extraña figura, como si fuesen espinas clavadas en su piel, se sentía extraño, ante sus ojos todo iba mal, pero no podía evitar sentirse  feliz de tener a la bella princesa ayudándole.



          Cuando el plazo estaba por cumplirse, se dio cuenta de que la princesa era ahora la dueña de su amor, pero para su desgracia aquellas intrincadas líneas de espinas estaban creciendo aun más rápido, le causaba un enorme dolor y angustia pues aun no encontraban la formula.



Llegaban al ultimo de los reinos, el más lejano de todos, habían encontrado pequeñas piezas de la fórmula, todas estaban anotadas en pergaminos, los guardaba en ese morral que había pertenecido a su padre y que hasta ahora con el paso tiempo valoraba y cuidaba como un tesoro, el único que para él era aún más valioso que toda la riqueza de su reino.



De inmediato se adentraron al profundo y oscuro bosque en el que habitaba el ser más sabio de todos: Abbadon.

– Ustedes buscan algo que no se debe buscar, por más indicios que encuentren no lo podrán resolver, aquello se crea solo deseándolo de verdad – se escuchó el murmullo del joven sabio antes de que se retirara entre la oscuridad. Solo la princesa lo comprendía pero el duro corazón de Sebastian estaba furioso, pues el tiempo se acababa y no lograba resolver aquello.

          De lo que no se habían percatado era que alguien los había estado siguiendo muy de cerca, vigilando, y en ocasiones asegurándose de que no pudieran llegar a tiempo a sus destinos, creando así un profundo dolor en el príncipe, pues aquel atraso en el viaje creaba una marca más en su pecho.

Esa persona era nada menos que el príncipe Xander, pretendiente de la princesa Luna, quien había estado rechazándolo por un largo tiempo. Él sabía que si por alguna razón Sebastian muriera, la joven entraría en un estado de aflicción que él podría aprovechar para presentarse como un hombre comprensivo y cariñoso, y así convencerla de convertirse en su esposa. 

Xander se había apoderado de los pergaminos y entre risas malvadas y crueles los incinero, dejando solo aquel morral con una advertencia “Tu tiempo se acaba mejor ríndete ya y deja a la princesa en paz”.

          Enfadado el príncipe se fue a su mansión completamente derrotado, sabiendo que moriría. Por otro lado, la joven doncella, habiendo resuelto el enigma, decidió que debía decírselo Sebastian, y emprendió el camino hacia el reino del príncipe. Al entrar a su mansión, lo encontró tendido en el suelo, aferrándose fuertemente a su herida en el pecho, la cicatriz estaba llegando a su forma final, un corazón de espinas perfectamente formado sobre la piel. Luna no pudo soportarlo, rompió frenéticamente en llanto, echándose sobre su amado. Mientras pensaba en la forma de salvarlo, Xander se acercaba con espada en mano, dispuesto a terminar la vida de Sebastian, alzó la espada, y decididamente apuntó hacia el corazón del príncipe, pero en ese justo momento Sebastian abrió los ojos, y pensando que el ataque iba en contra de la princesa, giró sus cuerpos, con la intención de recibir el ataque para salvar la vida de la joven.

– No encontré la formula de la felicidad, pero encontré mi felicidad en ti, pues lograste calentar mi frio corazón, al enamorarme – susurró, sintiendo el frio de la cuchilla.

          Aquellas palabras le liberaron de la maldición, era la respuesta que había estado buscando. La penumbra los envolvió, ese día terminaba el plazo, pero fue Xander quien, con su egoísmo, terminó ocupando su lugar, perdiendo la vida en ese instante. Sebastián se puso en pie con apenas una ligera herida y tomando en brazos a la princesa le sonrió completamente feliz.

          Desde entonces comenzaron tiempos felices, y con la unión de ambos reinos, surgió la prosperidad, ambos príncipes llevaban las matemáticas en todo lo necesario, batallas y ganancias, pero sobre todo en las sumas de dinero que eran donados en cada navidad, pues en aquella fecha el príncipe había descubierto que por sobre toda riqueza su felicidad era dada por la princesa y su dulce corazón tierno que le ayudaba a ser mejor.

Historia de hace mucho, cambiada de fecha...



Había una vez un bello pueblo en Italia en el que todo era felicidad, un bello día de verano nació una pequeña niña, poseía cabellos tan rubios como el oro y ojos del verde de las esmeraldas, este bello parecer cautivaba a cualquiera haciendo que la pequeña de nombre Stella fuese un querubín en persona. Todo el mundo la quería mucho, no había quien no quisiera estar a su lado. La criatura y sus padres eran bastante felices, su madre recogía flores y las ponía en un jarrón en el cuarto de la niña mientras su padre trabajaba mucho para darle lo que necesitara.


Un día de invierno en que la niña cumplió 10 años su padre murió, Stella  estaba destrozada con la muerte de su padre y su madre tuvo que comenzar a trabajar dejando a nuestro querubín completamente sola. Cuando la niña cumplió 16 años su madre quedo enferma de gravedad, asustada le busco el mejor médico del pueblo, pero desafortunadamente murió después de un largo tratamiento; la niña iba todos los días a la casa del doctor en la cual trabajaba como pago por todo aquello en que le había ayudado en los momentos de dolor, el doctor y su esposa le querían como si fuera su hija, al verle crecer sola fue que decidieron ayudarle a hacer amigos e incluso encontrarle una pareja, por lo que un día el doctor le presento a un muchacho muy apuesto ,Anthony, este chico de enormes ojos azules y melena azabache era cautivante y encantador pero para desgracia de la jovencita él poseía un corazón de hielo.
Después de un tiempo en que ambos parecían llevar el significado de desprecio a nuevos límites ambos lograron aceptarse el uno al otro, pero para entonces Anthony no sólo se sentía cómodo a su lado sino que inconscientemente ya le amaba, pero al ser testarudo y orgulloso decía apenas tomarle en cuenta, grave error, pues día a día su amor era más grande y pronto se dio cuenta decidiéndose a declarar tales sentimientos al momento de ver que su amada cumpliese la mayoría de edad. 
Para tal evento, se le festejaría en grande, cientos de invitados esperaban ansiosos a la que siempre habría de ser “la pequeña estrella”, Stella hizo una aparición digna de la realeza, vestida como aquellas princesas de los cuentos de hadas, entre los invitados se elevaron murmullos y halagos, uno de los más impresionados era un nuevo admirador,  un chico alto, alcanzando tal vez el metro ochenta, con deslumbrantes ojos azules enmarcados por unas pestañas tupidas y encantadoras, el cabello castaño claro le caía en desordenados rizos sobre la frente creando una imagen suave,  era bastante guapo y tenía una sonrisa que podría hechizar a todos si lo deseaba.


Anthony se encontraba al fondo del salón admirándole en total silencio mientras ella se paseaba sonriendo y saludando a todos, en el momento en que tomó el valor para invitarle a salir aquel chico de presencia arrasadora se adelantó por un par de pasos tomando a Stella en sus brazos. El joven  Mitchell no sólo contaba con un físico atractivo y una actitud amigable, sino que era un gran bailarín y una compañía agradable, completamente adverso a nuestro Anthony, el azabache quedo hecho pedazos al ver a Stella sonriente en brazos de aquel desconocido, pero ella sonreía intentando ocultar la profunda tristeza que sentía al no saber dónde estaba Anthony . Finalizando la fiesta los nuevos amigos se despidieron con la promesa de volver a verse, y así fue, a partir de aquella noche se veían dejando al pobre Anthony  apartado de su adorable niñita, este se volvía cada vez más frio viendo como Stella caía en las redes de su nuevo enamorado,  Anthony dándose por vencido visito a la joven para decirle cuanto le quería, pero al verle con el otro su enfado se volvió mayor causando que se adentrara en un viaje  que parecía nunca tendría final, sin despedirse de Stella se marchó sin mirar de nuevo atrás.
Ella creyó que él no la quería y tomo como refugio el nuevo cariño dado por Mitchell, sentía que así era mejor, pues este le daba una ternura visible, le quería notoriamente y eso le agradaba. Pasaron los años y aquellos jóvenes se volvieron una pareja formal, el dolor de no tener a su anterior amigo le hacía buscar el amor llegando a comprometerse sin pensar, pero cada que se acercaba el día de la boda ella volvía a aplazarla con pretextos cada vez con menos sentido, pero Anne, conocía a su hijita adoptiva, sabía que Stella no debía  ni quería casarse aún pues anhelaba estar con Anthony.

Temiendo perder a su nuevo amado, Stella fijó una fecha por fin, sin saber que ese día sería el más feliz de su vida, en el momento en que la pareja entraba en el altar, Anthony  caminaba dispuesto a impedir aquello y así lo hizo proclamando frente a todo lo mucho que la amaba y que ahora que había confesado aquello podía casarse si lo deseaba,  ella entre lágrimas le abrazo con fuerza  diciendo que era un completo idiota por irse, pero que ella así lo amaba; Mitchell solamente se alejó de aquella escena perdiéndose entre los invitados que se acercaban a felicitar a la pareja que por fin se había decidido a ser feliz.

Despues de tanto

Realmente jamas use esto, pero creo que es hora de hacerlo...